"El estableció testimonio en Jacob, y puso ley en Israel; la cual mandó a nuestros padres que la notificasen a sus hijos" (Sal. 78:5).
El primer deber del hombre no es precisamente adquirir alimentos, vestido y demás cosas, ni tampoco predicar o hacer obra misionera, sino buscar primeramente el Reino de Dios y su justicia, a fin de rendirle la adoración que Él merece; después lo demás viene «por añadidura».
Ésta experiencia de luto, dolor y cuarentena universal nos ha obligado a replantearnos varios aspectos que formaban parte de nuestra “cultura cristiana” especialmente la que tiene que ver con los templos o lugares de culto. Crecimos equivocadamente denominando “iglesia” a los edificios y construcciones y de repente con el tiempo muchos olvidaron que “nosotros somos la iglesia”
Éste desenfoque condujo a muchos líderes a darle más valor a los edificios que a las personas y a cuidar más los aspectos materiales de la Iglesia que a las personas. He sido testigo y conozco historias de algunos mal llamados “pastores” que expulsaron un día sus rebaños para apoderarse de las propiedades y lugares del culto, sin tener ningún remordimiento. Hoy para bien de muchos de nosotros en el final de los tiempos, Dios permitió no la destrucción de nuestros templos o lugares de culto, sino la destrucción de muchos de nuestros añejos conceptos de cultura cristiana y está emergiendo la verdad indiscutible de que “la iglesia somos nosotros” y que para adorar a Dios no se requiere estar en Jerusalén o en Samaria, o en algún lugar determinado, sino que los verdaderos adoradores, adoraremos a Dios en Espíritu y en verdad.
Nuestros Deberes Como Padres
Pero en ésta nueva dinámica universal Dios también nos ha recordado los deberes que tenemos como padres respecto a la adoración al Señor en la familia, que muchos padres descuidaron irresponsablemente delante de Dios. Se ignoraron negligentemente mandamientos muy claros que nos ordena Dios, como son:
“Instruye al al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él.” (Pr. 22:6).
“Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas.” (Dt 6:6-9)
“Guarda, hijo mío, el mandamiento de tu padre,
Y no dejes la enseñanza de tu madre;
Átalos siempre en tu corazón,
Enlázalos a tu cuello.
Te guiarán cuando andes; cuando duermas te guardarán;
Hablarán contigo cuando despiertes.
Porque el mandamiento es lámpara, y la enseñanza es luz,
Y camino de vida las reprensiones que te instruyen.”
(Prov 6:20-23
Jesús y La Adoración
“Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar. Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos. Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.” (Jn 2:20-24)
Adorar es postrarse ante Dios y es una expresión de amor y respeto ante Él. Es dar obediencia completa al Señor. Es orar, reverenciar, y es la aceptación de Dios como “objeto de adoración”. Es el acto de estar ante Su Majestad, El Rey del universo. Un adorador es un piadoso y devoto, y es la adoración a Dios que nos conduce a la piedad y devoción y es la falta de adoración o nuestra negación de adorar a Dios, que hace al hombre impío, y lo conduce a la impiedad, hasta hacerlo vivir impíamente.
La adoración sigue siendo una especie de misterio. Puede ser planificada pero no programada; puede tener lugar entre cientos que se congregan o donde hay solamente dos o tres congregados. Es por causa de Dios y por su maravillosa obra que tenemos el deseo de adorarle. Por esta razón nosotros los Pastores no debemos sentirnos mal o inseguros porque “la iglesia en la casa” está funcionando mientras nuestros templos están cerrados.
La Atmósfera Espiritual.
Israel estuvo cuatrocientos treinta años en una atmósfera de cautiverio y opresión, humillación e injusticia, allí su vida era dolor, esclavitud y muerte, no tenían ninguna esperanza. Ellos desconocían otro tipo de vida, hasta que Dios se le reveló a Moisés. (Éxodo 3:18) La única forma que aquello iba a cambiar era que ellos fueran libertados de esa condición y salieran de esa atmósfera de terror y muerte y decidieran servir a Dios.
Alabar es celebrar, glorificar, cantar y la expresión más usada es «Aleluya» una expresión hebrea de «alabanza» a Dios que se ha incorporado a casi todos los idiomas del mundo. Alabanza es agradecer: es la expresión de gratitud y reconocimiento por todo lo recibido. Es ofrecer sacrificio u ofrenda a Dios.
La oración, la alabanza y la adoración pertenecen a la atmósfera espiritual, donde Dios habita. Vamos a decir que nosotros necesitamos la atmósfera terrestre, para poder vivir en esta tierra. Esa atmósfera terrestre, se compone esencialmente, de oxígeno, nitrógeno y dióxido de carbono. El oxigeno lo necesitamos para respirar, el nitrógeno es una capa protectora que impide que caigan a la tierra, meteoritos, estrellas y también desechos planetarios. El dióxido de carbono lo necesitan las plantas para vivir. Sin el reino vegetal no existe el reino animal, y ninguno de estos reinos existirían sin el reino acuífero o acuático. La atmósfera de los peces, es acuática, ahora la atmósfera del alma es espiritual: oración, alabanza y adoración.
El ser humano fue creado para vivir y respirar en una atmósfera espiritual de oración, adoración y alabanza a su Creador. La vía a través de la cual se recibe el poder divino debe ser preservada con el fluir de gozosas alabanzas que se elevan hacia su hacedor. La ruptura del vínculo bendición-obediencia provocada por el pecado silenció la alabanza del ser humano hacia Dios e introdujo el egoísmo, los sentimientos de autocompasión y queja (véase Gn 3.9-12). Pero ahora ha llegado la salvación y la vida en Cristo, y ahora al haber recibido a Jesucristo como Salvador, la vida cotidiana nos llama a orar y oír la palabra de Dios para comunión y sabiduría. Pero nuestro diario camino a Dios en esa comunión debe estar recubierto de alabanza: «Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con alabanzas» (Sal 100.4). Tal senda plena de alabanza alimentará nuestra devoción, fiel a la obediencia y al gozo constante en el servicio al Señor, que no se limita a la liturgia dentro de los lugares de culto, sino que se experimenta en la vivencia diaria y en un andar en santidad, devoción y adoración al Señor.
Pastor J Omar Tejeiro R.
Para Herramientas de Enfoque Bíblico.