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Jueves, 21 Mayo 2020 18:17

AMIP - COLGARON SUS ARPAS, UNA HERRAMIENTA BÍBLICA PARA EL OBRERO EN TIEMPOS DE CRISIS. Asociación Misionera de Iglesias Pentecostales Destacado

Escrito por Pastor Ernesto W. Genta Rojas
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COLGARON SUS ARPAS

UNA HERRAMIENTA BÍBLICA PARA EL OBRERO EN TIEMPOS DE CRISIS


Salmo 137:1-2 Junto a los ríos de Babilonia, Allí nos sentábamos, y aun llorábamos, Acordándonos de Sion. 2 Sobre los sauces en medio de ella Colgamos nuestras arpas.

La experiencia del exilio caló hondo en el pueblo de Dios. Setenta años de cautividad representaron un duro golpe a la moral y la dignidad, que se pueden explicar por etapas ligadas una a la otra. La pérdida de su independencia nacional fue un enorme trauma para los hebreos. “En aquel tiempo los servidores de Nabucodonosor, rey de Babilonia, subieron contra Jerusalén; y la ciudad fue sitiada.... Y llevó en cautiverio a toda Jerusalén: a todos los magistrados, a todos los guerreros valientes (un total de diez mil cautivos), y a todos los herreros y artesanos. No quedó nadie, excepto la gente más pobre del pueblo de la tierra.... El rey de Babilonia proclamó rey en lugar de Joaquín a su tío Matanías, y cambió su nombre por el de Sedequías” 2 Reyes 24:10-17.

Este versículo nos ayudará a contextualizar la magnitud de la deportación o el destierro a Babilonia y sus efectos en el plano emocional y religioso. Además de significar un fuerte golpe a la identidad del pueblo de Dios, se necesitó tiempo para procesar las razones, los motivos y la finalidad de este acontecimiento. Traemos este ejemplo histórico, ya que nos deja apreciables enseñanzas para enfrentar obstáculos de forma que podamos salir probados y aprobados en la hora de la tormenta.

Hay etapas que se pueden enumerar en este proceso de destierro y deportación, que tenían como finalidad purificar al pueblo de Dios a pesar de que este no compendia la finalidad de este, veían todo esto como una experiencia contradictoria en todos los sentidos. Siempre, detrás de una experiencia crítica está la mano de Dios, aunque no la vemos, perfeccionando a su pueblo, La primera etapa la podemos definir como de “confusión” para un pueblo llamado a ser luz de las naciones.

La segunda etapa fue la “adaptación” a una nueva forma de vida, a una nueva cultura, en otro entorno. El entorno era pagano y por lo tanto hostil. La adaptación a lo desconocido es lo que más temor nos produce, todo es nuevo, todo es diferente y genera un rechazo que surge espontáneo. Lo más complejo es que de allí no podían salir, era algo así como una cárcel espiritual. Así son las pruebas, una especie de celda donde la llave de la liberación está en las manos de Dios y de esas prisiones solo Dios nos puede sacar.

La tercera etapa fue la “desconexión” con los lugares físicos de adoración. Para todo hebreo no es lo mismo Babilonia que Jerusalén, ni el Éufrates ni el Tigris que el Rio Jordán. Nada de la majestuosa Babilonia podía sustituir el arraigo a Jerusalén y su templo. Basta con detenerse en los Salmos para comprobar cuán importante era el templo como centro de adoración, refugio y consuelo. En ese templo Dios escuchó la oración de Ana, “la estéril” y la bendijo con muchos hijos. En ese templo Dios se manifestaba de una forma sobrenatural y vigorizaba a sus sacerdotes.

La cuarta etapa, la de la “nostalgia” tan bien expresada en el Salmo 137. El pueblo hebreo marcado a fuego por sus orígenes y destino divino, recordaban a la distancia con tristeza y dolor los gratificantes momentos que vivieron en la tierra de la promesa. ¿Qué nación podía contar grandezas de un Dios que abre el mar para que su pueblo pase en seco? ¿O que sus profetas asciendan al cielo en un carro de fuego? ¿Cómo olvidar a su padre Abraham, a Jacob, a Moisés, y todos los varones que Dios levantó con poder para hacer de ellos una nación poderosa? En el exilio ese era el pensamiento, ¿volveremos a nuestra tierra, nos restaurará el Señor como en el principio de nuestros días?

La quinta etapa podemos definirla como la etapa del desaliento, que viene con una pérdida de motivación y desánimo. En esta etapa quizás una de las más críticas (ya que el exilio se prolongaba), el pueblo fue perdiendo el entusiasmo de alabar a Dios y “colgaron sus arpas”. No fue pérdida de fe, más bien fue una etapa de gran desaliento y desesperanza ya que el futuro era incierto.

Y la sexta etapa es recuperar la esperanza. Dios no nos abandona, ni nos deja huérfanos. En el destierro, en la deportación se dieron muchos procesos, pero Dios se encargó de mantener viva la esperanza, esa que algunos dicen que es lo último que se pierde, y que nosotros jamás debemos perder. El Salmo 126 nos da una imagen clara y vívida de la experiencia de restauración, porque Dios es el que convierte nuestra tristeza en gozo “Cuando Jehová hiciere volver la cautividad de Sion, Seremos como los que sueñan. Entonces nuestra boca se llenará de risa, Y nuestra lengua de alabanza; Entonces dirán entre las naciones: Grandes cosas ha hecho Jehová con éstos”.

Si algo aprendí con los años es que la naturaleza humana es la misma en cualquier época y nación. El ser humano tiene las mismas carencias, necesidades y limitaciones, a pesar de que el mundo se ha sofisticado, el corazón del hombre es el mismo. El hombre tiene un vacío interior que solo Dios puede satisfacer.

Hoy estamos viviendo una experiencia en cierto aspecto similar, nos sentimos en un exilio que nos puede afectar en lo espiritual y emocional. Se nos hace más difícil tomar nuestras arpas para adorar con el mismo entusiasmo y motivación que cuando lo hacíamos en la Jerusalén de nuestros templos, compartiendo con alegría los unos con los otros.

Quizás ya hemos atravesado algunas de las etapas que experimento el pueblo de Israel,

1) Confusión, y basta con ver en las redes sociales la maraña de interpretaciones dispares para definir con claridad el tiempo que estamos viviendo. He notado que a pesar de los años que llevamos en los caminos del Señor estamos observando con cierto asombro y sorpresa algo que la misma palabra nos advertía en diversos pasajes. Las pruebas traen su dosis de confusión y tenemos que acudir como “Asaf” al santuario de la oración para entender con claridad que propósito tiene todo esto, porque “el mundo, su plenitud y los que en el habitan son propiedad del Señor”.

2) Adaptación, como creyentes hemos tenido que hacer un esfuerzo especial para adaptarnos a este tsunami que no perdonó ni a ricos ni a pobres, ni a jóvenes ni a ancianos, ni a cristianos y paganos. El cambio fue abrupto y repentino. Los cambios cuando no son favorables son difíciles de digerir, a veces son un trago amargo como esa copa que “nuestro Señor tuvo que beber porque era la voluntad del Padre”. Cabría preguntarnos si estamos dispuestos a beberla, no es agradable, pero es la copa de la obediencia, la copa que nos enseña que debemos someternos a la soberanía de Dios, aunque ella no sea de nuestro gusto. Para beber esta copa y enfrentarnos a esta adversidad que no se asemeja a nada conocido, tendremos que entrar al huerto de la renuncia de nuestro confort y comodidad y decir como Pablo: “He aprendido a contentarme cualquiera sea mi situación”. Para poder llegar a esta afirmación seguramente Pablo dobló mucho sus rodillas, pero aprendió la lección. Quizás hoy más que nunca, donde no tenemos nada en esta tierra a que aferrarnos como medio de escape, nos aferramos fuerte de la roca de nuestra salvación y esto último es lo que nos enseña a depender exclusivamente de Dios ya que ni el hombre ni la ciencia nos pueden ofrecer la seguridad y confianza que encontramos en el aposento alto. Esto nos dejará una lección “La calidad de un cristiano se mide en la adversidad”

3) Desconexión, así como en la tercera etapa el pueblo hebreo quedó desconectado de su centro de adoración en Jerusalén, hoy añoramos el día en que podamos retornar a nuestras reuniones, pero por encima de todo estamos descubriendo cuánto nos necesitamos los unos a los otros, y cuán importante es la casa del Señor. Alguien dijo que “las cosas se valoran cuando se pierden, hay algo de cierto en esta afirmación. Hay algo que estoy escuchando frecuentemente y también es mi propia experiencia, el valor de cada hermano sin importar su rango, cada uno aporta algo valioso que yo necesito, que me edifica. Ahora entendemos la importancia de la iglesia como “cuerpo de Cristo” donde cada integrante tiene su valor, su talento, sus dones, su espíritu de servicio.

4) Nostalgia, Estamos en nuestros hogares, pero de alguna forma desconectados físicamente y anhelamos ese encuentro filial, somos la familia de la fe. La nostalgia es de alguna forma el recuerdo acompañado de tristeza por aquellas cosas que una vez fueron nuestras, pero hoy no están al alcance de nuestras manos. Estamos en el exilio de nuestras casas, miramos a la distancia el templo, a nuestra familia de la fe con la cual nos reuníamos para honrar a Dios. Añoramos el abrazo que hoy no podemos dar ni recibir, el apretón de manos. Son la falta de esos afectos en gran medida, los que hacen de esta hora de prueba, la carencia de algo que tanto anhelamos. Si algo rescatamos de bueno en esta adversidad es el valor que tiene ese tiempo donde nos reuníamos para compartir nuestras alegrías y tristezas, nuestras victorias y porque no nuestras derrotas, donde la congregación nos rodeaba con sus brazos de apoyo y consuelo para continuar adelante.

5) Desaliento, por último, nos vamos a detener en esta quinta etapa que vivió y experimentó el pueblo de Israel en el exilio, el desaliento y el desánimo que los llevó a “colgar sus arpas”. En determinado momento se les hacía difícil poder cantar cánticos de Sion en tierra extraña, y en un tiempo de profunda tristeza “Colgaron sus arpas”. Hay periodos en nuestra vida tan extraños e incomprensibles que nos sentimos tentados a “colgar nuestros guantes”. Nos rendimos ante la situación, sentimos que nos supera y perdemos el espíritu de combate. Hermano, no te turbes, esto no es nuevo. Ya lo han vivido siervos de Dios y está plasmado en la Palabra. Las circunstancias golpearon tan duro sus emociones que decidieron dejar su actividad y aun su ministerio, como ocurrió con Moisés, y el más explícito el de Elías, entre otros. Elías se exilió en la cueva de la congoja. Pero de allí lo sacó el Señor y le dio pan y agua y fortalecido con aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios. Las circunstancias cambian, hay días oscuros, noches sin estrellas. Pero hay cosas que jamás cambian.

Primero, Dios no cambia ni está sujeto ni preso por ninguna circunstancia que ocurra en esta tierra; segundo, la Palabra de Dios no cambia, y tercero, Jesús es el mismo hoy, ayer y por los siglos. Y eso es lo que estamos experimentando en nuestro exilio, que la luz sigue brillando, que Dios sigue presente, que la Palabra sigue siendo nuestro alimento y que lo bueno está por llegar. Jesús dijo “en el mundo tendréis aflicción, pero confiad, yo he vencido al mundo”. Nuestra fe está siendo probada en esta hora difícil. Está siendo probada para que sea purificada como el oro. 1 Pedro 1:7 “para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual, aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo”, ¿Estamos en el horno?, definitivamente sí, y es necesario que lo estemos, hay escoria que no vemos, pero que Dios tiene que erradicar de nuestra vida, con la finalidad de que nos transformemos en vasijas de honra.

6) Esperanza. No podemos negar que a veces no vemos la luz al final del túnel. Hay circunstancias que no solo nos roban nuestras energías, tampoco nos permiten mirar el futuro con entusiasmo. Me viene a la mente aquellos discípulos descorazonados que caminaban rumbo a la aldea de Emaús. Para ellos la muerte de Cristo representaba el fracaso, decepción, desilusión. Si no comprendemos los planes de Dios y sus propósitos eternos corremos el riesgo de perder la esperanza. La esperanza se recuperó cuando Jesús se les acercó camino a la aldea y les abrió las Escrituras y el entendimiento para que entiendan las Escrituras. Hoy las Escrituras siguen siendo nuestra fuente de inspiración y la herramienta de comprensión que usa el Espíritu Santo para mantenernos firmes en la esperanza del evangelio. Una pregunta que debemos hacernos en estos tiempos. ¿Cuánto conocemos de la Palabra? ¿La leemos metódicamente o la desempolvamos para llevarla solo a las reuniones? Hermano, no olvides que la Palabra tiene las respuestas a tus interrogantes, ella ilumina nuestra mente y es la espada del Espíritu Santo, útil para todo aquello que contribuye a nuestro crecimiento y salud espiritual y emocional. La Palabra también contiene promesas que reavivan la esperanza, nos afirma en la fe y ordena nuestros pensamientos. Apropiémonos de estas herramientas que Dios ha puesto a nuestro alcance y vamos a cruzar este valle de sombra de muerte sin temor alguno porque la vara y el cayado del Señor nos infundirán aliento.

Hermano, consiervo, “No cuelgues tu arpa”, cobra aliento y comienza a alabar al Dios grande y poderoso y recibirás fortaleza de lo alto.

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