Obedecer a Dios implica ir y avanzar sin detenerse, pase lo que pase. Quienes servimos a Dios sabemos y tenemos claro que en nuestro llamado, padeceremos persecución y enfrentaremos la oposición del adversario. Así describe el apóstol Pablo ésta realidad: “Porque de cierto, cuando vinimos a Macedonia, ningún reposo tuvo nuestro cuerpo, sino que en todo fuimos atribulados; de fuera, conflictos; de dentro, temores”. (2Co 7:5)
Ante estos desafíos Dios promete que “Nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida” que grande promesa. No significa que estaremos libres de enemigos, de traidores, de personas sedientas de poder, de murmuradores, de oportunistas disfrazados; quiere decir que ninguno de ellos, podrán alterar los planes divinos, que Dios se ha propuesto llevar a cabo con sus siervos.
Dios no era únicamente el Dios de Moisés, también era el Dios de Josué y de Israel su pueblo y asimismo es el Dios nuestro. “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos”. (Heb 13:8) y es quien promete: “estaré contigo; no te dejaré, ni te desampararé”.