Dios se lo dijo a Abraham y le enseñó a ver más allá de su mundo limitado y confuso. Le ordenó salir de su tierra y dejar a sus parientes y coterráneos. Él había nacido ahí pero le pertenecía a Dios. Dios había reservado a Abraham para la grandeza y su futuro estaba lleno de luces como las estrellas del cielo.